domingo, octubre 2, 2022
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EL AMOR PROPIO, SEGÚN EL MUNDO VS. LA PALABRA DE DIOS

POR: MILENA ORTIZ

“Ámate a ti mismo” es una frase muy utilizada hoy en día para señalar que cada persona tiene derecho a cuidarse, pensar primero en ella y ser la prioridad en su vida; se usa mucho, sobre todo, para animar a aquellos que, tal vez, luchan con ansiedad y temor por la presión de agradar a quienes los rodean o han renunciado a satisfacer deseos de su corazón por cumplir los anhelos de otros. En este contexto, es común emplear el mandamiento dado por el Señor: amar al prójimo como a uno mismo, con el fin de señalar que, inicialmente, uno debe aprender a amarse a sí mismo para luego amar a otros.

Sin embargo, Jesús, cuando dio ese mandato, se estaba refiriendo a la realidad de que todos, por naturaleza, nos amamos a nosotros mismos; nuestros reflejos lo confirman: si estamos caminando por la calle y un carro quiere embestirnos, la reacción inmediata es esquivarlo; si vemos que un balón nos golpeará, sin pensarlo nos cubrimos con las manos para evitar el dolor. Todos hacemos lo posible con tal de huirle al sufrimiento. Constantemente, estamos pensando más en cómo solucionar problemas personales que en los demás. A veces, la razón por la que caemos en una baja autoestima, es por fijarnos mucho en nuestras fallas, lamentándonos por no cumplir el estándar que nos impone la sociedad o, incluso, nosotros mismos.

La imagen que nos vende este mundo del amor propio consiste en la superación personal y pleno bienestar. Se nos invita a dejar de llevar las cargas de otros para poder correr nuestra carrera hacia el éxito; pero, en la palabra de Dios, el amor propio tiene una faceta totalmente contraria, que vemos reflejada en Jesucristo, el ser humano que se amó a sí mismo perfectamente y terminó desnudo, clavado en un madero, muriendo por compasión de sus enemigos; Él dio su vida en lugar de los pecadores que le dieron la espalda y lo rechazaron, no lo hizo murmurando, ni quejándose. Hebreos 12:2 dice que: “Por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz”.

Es cierto que Jesús murió por amor a su pueblo, pero, primeramente, lo hizo por amor a sí mismo. En las Escrituras, vemos numerosas veces que Dios hace maravillas y tiene compasión de su pueblo por amor a su propia gloria. Por ejemplo, Isaías 48:9 dice: “Por amor de mi nombre diferiré mi ira, y para alabanza mía la reprimiré para no destruirte”. Mientras que, Salmos 23:3 cita: “Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre”. Finalmente, Salmos 25:11 expresa: “Oh Señor, por amor de tu nombre, perdona mi iniquidad, porque es grande”.

La Biblia da a entender que Dios hace absolutamente todo para Él mismo. Él está interesado en cumplir únicamente sus propósitos, Él pone su divinidad por encima de todo el universo, porque, en últimas, nadie lo supera en grandeza. Podremos pensar que es egoísta, pero es una locura darnos cuenta de que la mayor expresión de su amor a sí mismo la vimos en su humillación, cuando, siendo divino, descendió como un hombre para deleitarse en darnos vida al morir. La forma en la que Dios se ama a sí mismo es totalmente contraria a la nuestra. Nosotros, por amor propio, evitamos desgastarnos por los demás, no nos quedamos con las manos vacías para darles a otros; en cambio, el Padre eterno, por complacer su deseo, “no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”, dice Romanos 8:32.

El problema de los seres humanos consiste en que, al ensimismarnos, ignoramos las necesidades de quienes nos rodean. Por supuesto, esto no significa que debemos rechazar el cuidado personal, porque la Palabra también nos llama a tratar nuestro cuerpo como templo del Espíritu Santo; si fuésemos más conscientes de eso, no ingeriríamos alimentos que maltrataran nuestro organismo, ni seríamos sedentarios. No es pecaminoso querer lucir bien y usar esto como un estímulo para cumplir con una dieta saludable y seguir una rutina de ejercicios, pero no debería ser la única motivación, porque podemos caer en el orgullo y la vanidad.

Más bien, ojalá nuestra motivación para mantenernos saludables sea la gloria de Dios y el servir a otros. Por ejemplo, una madre debería tomar muy en serio cuidar de sí misma, con el fin de evitar enfermedades y así estar muchos años con sus hijos, acompañándolos en cada etapa de su vida; un padre se ejercitaría, con el propósito de servir en casa con las tareas pesadas, para tener la suficiente energía a la hora de jugar con sus hijos y defenderlos ante cualquier peligro. Nuestros seres queridos, compañeros de trabajo y vecinos, necesitan que estemos saludables para poder servirles. El amor a Dios y al prójimo es la correcta motivación para amarnos a nosotros mismos y cuidarnos.

Pero, aun así, Cristo nos muestra que el amor va más allá; Él nos amó como a sí mismo y esto le llevó a morir por nosotros. Hay momentos en los que, por el bien de otros, tendremos que entregar cosas preciadas, así como Jesús renunció a su propia vida y, según las Sagradas Escrituras, lo hizo con gozo en el corazón. Esta es la correcta actitud al servir a otros, sin murmuraciones, quejas, orgullo o envidia, sino con deleite. Si fuésemos como Jesús, le diríamos a las personas: “Por amor a mí mismo, dichosamente, me despojo de esto para dártelo”. Es importante resaltar que, cuando hacemos algo que amamos somos felices; entonces, si amáramos al prójimo como a nosotros mismos, nos deleitaríamos en atender sus necesidades. Según el estándar que Dios dejó en la Biblia, el llamado es que, por amor a ti mismo, seas feliz al sacrificarte por otros.

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