domingo, octubre 2, 2022
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EL SOL Y LA LUNA: LA IMPORTANCIA DE ESTOS ASTROS DESDE LA MITOLOGÍA

POR: GIOVANNI DE PICCOLI

Desde tiempos inmemoriales, el cielo nocturno ha sido motivo de fascinación del hombre, ya que una noche estrellada dio nombre a una de las piezas más significativas de Van Gogh, la que hoy es literalmente una estrella en el MoMA de New York, siendo motivo de admiración y curiosidad para todo aquel que visita este icónico museo; podría asegurar, sin equivocarme, que esta pieza de arte impresionista, representa lo mismo que la Mona Lisa para el Louvre de París, una joya de la corona. La bóveda celeste ejerce una poderosa atracción para todo aquel que observa, quizá, desde su ventana, azotea o, en el mejor de los casos, un espacio abierto, la majestad del universo y sus misterios. Increíble resulta pensar que esos diminutos punticos de luz son soles como el nuestro y, a veces, hasta más grandes y centelleantes; incluso, quizá la luz que vemos es un vestigio de energía que aún nos llega atravesando el espacio abierto de una estrella que murió hace mucho tiempo o el nacimiento de una estrella, cuya luz pulsante se irradia en el infinito.

Para los egipcios, el cielo era una diosa —Nut—, una mujer gigante que, con el cuerpo apoyado en sus brazos y piernas, arqueando su espalda, cubría todo lo que estaba bajo ella, uniéndose con el suelo; en este caso, su consorte, el dios de la tierra —Geb—. Casi todas las mitologías hacen referencia a la noche y sus misterios más que al día, quizá, es porque la noche puede ser el breve descanso después de un día agitado. Para los romanos y griegos, día y noche estaban representados por dos titanes: la noche, en particular, era conocida como Nix o Nicte, la fuerza primigenia de la penumbra y oscuridad, quien, a su vez, tuvo muchos hijos, tres de ellos lúgubres: Hipnos y Morfeo, dioses del sueño; Tánatos, la muerte sin violencia. Si miramos estos como una alegoría, no serían la metáfora del estado de morir; sumirse en el eterno sueño, aquel que tarde o temprano llega a toda criatura mortal.

Claro está, los griegos y su profusa imaginación crearon toda una cosmogonía de seres maravillosos, algunos grotescos; otros que nos permiten volar con la imaginación, perdiéndonos en estas leyendas y fábulas que aún nos atrapan con todas esas manifestaciones que el arte, sobre todo, les ha dado forma y vida. Es así cuando los dos cuerpos celestes, que le dan vida a nuestro mundo y son la razón de la existencia de nuestra civilización, eran considerados dioses todopoderosos.

Ra para los egipcios, Inti para los incas, Apolo para los grecorromanos, Huitzilopochtli para los aztecas o Suria para los hindúes, era sinónimo de la belleza masculina, la fuerza indómita del fuego, la pasión, la luz eterna, que nunca se extingue y renace en un ciclo eterno de vida, muerte y resurrección. El sol es sinónimo de victoria e iluminación celestial; no por casualidad, dentro de la tradición judeocristiana, en especial, el catolicismo, en sus representaciones de santos, santas o ángeles, están rodeados de una luz que se llama halo o nimbo sobre sus cabezas.

El sol está asociado al oro y de ahí viene históricamente, porque el oro tiene su valor monetario y es objeto de lujo solo para aquel que lo puede comprar o lucir. El oro, por sus propiedades, es particularmente único, duro y maleable a la vez, resistente a las altas temperaturas, eterno, no se corrompe, oxida o degrada; su brillo es siempre visible y presente, es un gran conductor de electricidad y, a pesar de lo que se cree, no es tan común en nuestro planeta, por lo que hace de su extracción como mineral una tarea titánica. Que más que este metal para ser sinónimo de inmortalidad.

Dioses, reyes y magnates contemporáneos, demostraron su poder y riqueza acuñándolo y atesorándolo. La tumba del Señor de Sipán, hoy preservada integralmente en el Museo Tumbas Reales de Sipán, es un hallazgo arqueológico en América, solo comparado con la tumba de Tutankamón, en Egipto. Este rey de la cultura moche —preincaica—, es sinónimo de lujo y poder, con más de 2000 piezas en oro labrado, acompañadas de piedras preciosas y semipreciosas, que eclipsan las piezas del Museo del Oro, en Bogotá, Colombia.

Y hablando de eclipses, no podíamos dejar de mencionar nuestro astro más cercano, la Luna, nuestro satélite natural. Se cree que la Luna se formó a partir de la Tierra, en tiempos donde nuestra galaxia se expandía, dando origen a los planetas cercanos a la Tierra. Si el sol es masculino, la luna es femenina, una diosa, hermana de Apolo. Para los griegos Artemisa o Diana para los romanos, la siempre virgen, cazadora del arco de plata; mientras su gemelo Apolo es el arquero dorado.

Antes de los dioses olímpicos, la luna era en sí misma un portento y adorada como una triple diosa: Artemisa, la doncella, y Selene; de esta etimología, viene el gentilicio de selenitas a los habitantes de la Luna, así como marcianos son los habitantes de Marte. Selene —la madre—, Hécate —la vieja, muerte y destrucción—, representada por un símbolo pagano en la Luna y sus tres fases: creciente, nueva y menguante. La cultura wicca actual, usa este símbolo como centro de sus creencias que, también, van asociadas a la antigua fe céltica en el viejo continente.

Finalmente, nuestros dos vecinos siderales son nuestras anclas en el universo, ya que sin la Luna el mundo sucumbiría ante las mareas, no existirían las estaciones y el eje gravitacional que ejerce sobre el planeta determina, incluso, el tiempo de nuestra vida rutinaria, entre otras cosas fascinantes. Sin la luz del Sol no tendríamos vida tampoco, pero entre los dos astros, me quedo con la “luna de Barranquilla tiene una cosa de maravilla”, narra la célebre canción de la más grande: Esthercita Forero.

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