domingo, mayo 22, 2022
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UNA MEDITACIÓN DEL GRANDIOSO DIOS QUE, POR MISERICORDIA Y AMOR, PERDONÓ A UN MUNDO EN INIQUIDAD

POR: MILENA ORTIZ

“Dios aborrece el pecado, pero ama al pecador”, es una expresión que se escucha constantemente y es usual que, quienes la dicen, se basen en el famoso versículo de San Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Sin embargo, muchas veces ignoramos el no tan anunciado pasaje de Salmos 5:4-6: “Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti. Los insensatos no estarán delante de tus ojos; aborreces a todos los que hacen iniquidad. Destruirás a los que hablan mentira; al hombre sanguinario y engañador abominará Jehová”.

Pareciera que los pasajes citados se contradijeran entre sí, pues Salmos 5 dice que Dios no solo aborrece la iniquidad, sino también “a todos los que hacen iniquidad”. Entonces, si todos los que habitamos este planeta hemos actuado malévolamente alguna vez en la vida —y nadie lo puede negar—, ¿cómo podemos creer que Dios ha amado este mundo si está lleno de impíos que Él aborrece? Este es uno de los interrogantes que ha ocupado la mente y el tiempo de muchos teólogos e, incluso, ateos. Soy consciente de que es bastante ambicioso tratar de aclarar este enigma en tan cortas palabras; no obstante, la respuesta puede ser más sencilla de lo que parece.

Basaré este argumento en el gran mandamiento de la ley de Dios, citado en San Mateo 22:37-39: “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este es el mandamiento que el Señor le dio a su creación para que cumpliese; fuimos diseñados con el propósito de andar en dicho estatuto, el mismo que esta humanidad transgredió. Este mundo no ha amado a Dios como debería y ha fallado en amar al prójimo.

Los seres humanos le dimos la espalda a Dios, porque no lo tuvimos en cuenta. Llenamos esta tierra de guerras, matanzas, mentiras, engaños; oprimimos a los huérfanos, pobres y viudas. Aun los que hemos intentado amar perfectamente a quienes nos rodean, hemos fallado y en algún momento los hemos lastimado con nuestro pecado. Si nos imaginamos al Creador, sentado en su trono, viendo desde los cielos toda la maldad que hay aquí abajo, no alcanzamos a comprender cómo es que amó a este mundo; del hastío que le produce tanta maldad, debió voltear sus ojos y no acordarse de nosotros nunca más.

Sin embargo, en su infinito poder, nos vio con compasión y amó al mundo. Por amor a sí mismo y a la ley por la cual Él creó este planeta, descendió en cuerpo de hombre, con el fin de cumplir el mandamiento que ninguno de nosotros pudo ejecutar. Cuando nadie amó a Dios con todo su corazón, alma y mente, Jesús lo hizo; mientras todos se odiaban y hacían daño entre sí, el Mesías vino a amar al prójimo como a sí mismo. Por cuanto Dios detestó el odio del mundo, al no ver justicia, al escuchar cómo de nuestras bocas salía engaño y maldad, al encontrar que nuestros caminos eran oscuros y no había luz en ellos; Él lo pasó por alto y nos amó al morir en la cruz como expiación de nuestros pecados, cumpliendo así, el gran mandamiento de la ley.

Cristo, primeramente, amó la voluntad de Dios con todo su ser. Salmos 40:6-8, que hace referencia a Jesús, dice: “Sacrificio y ofrenda no te agrada; has abierto mis oídos; holocausto y expiación no has demandado. Entonces dije: He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón”. Es maravilloso que Jesús se haya agradado en la voluntad que lo llevó a su propia muerte. ¿Qué persona se complace en semejante sufrimiento? Esto solo es posible en un amor abnegado, que se deleita en sacrificarse por el bien de otros. En segundo lugar, Jesús nos amó a nosotros, su prójimo, como a sí mismo. Parece atrevido decir que el Rey de los cielos amó a pecadores como a sí mismo, pues no somos dignos de ello, pero eso fue lo que hizo al tomar nuestro lugar bajo el castigo del Padre.

Solo una cosa une la verdad de que Dios aparta al pecador y ama al mundo: el sacrificio de la cruz, porque en su sufrimiento se evidencia la aversión de Dios hacia el pecado y el enorme castigo que merece; a su vez, se despliega el gran amor del Padre, que entregó a su Hijo unigénito por viles pecadores que le dieron la espalda. En esto conocemos que Dios ha amado el mundo; sin embargo, estimado lector, la única manera de disfrutar de este grandioso amor, es reconocernos como transgresores de la ley del Señor y que necesitamos de Su perdón.

Solamente, a través del arrepentimiento es que podemos deleitarnos de este amor divino, diferente al amor humano, que siempre busca, de alguna manera, su propio beneficio. Solo quienes saben que son como aquellos que cita Salmos 5, inicuos y hacedores de maldad, pueden entender este extraordinario amor de Dios. Sé que nuestro orgullo es quebrado cuando vemos nuestras manos vacías delante del Rey de reyes, porque no tenemos buenas obras que puedan aportar a nuestra justicia, pero créanme que no hay nada más acogedor y satisfactorio para el alma que verse abrazada por este inmerecido amor del Señor, a través del perdón que nos concede el sacrificio de Jesús. La invitación de hoy es que puedan meditar profundamente en esta verdad, hasta que sus corazones canten: “Profundo amor del Padre Dios, tan amplio inmensurable, que dio a su Hijo por hacer tesoro al despreciable”.

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